En el momento que terminé la bebida que contenía el vaso, fue que me pregunté: ¿A dónde me conduciría la locura que no sea hacía el corazón de los hombre? Y los observé a ellos, aquellos que tomaban como si no hubiera mañana, esos que no sabían que el tiempo pasaba tan rápido, que todo cuando había ocurrido no parecía haber tenido tiempo de ocurrir. Volví la vista a mi vaso, vacío, luego de dos horas de tristeza. Y ellos allí, disfrutando, olvidándose de todo lo ocurrido. Suspiré, fijándome en las pequeñas manchas sobre la barra de aquel pequeño bar. Olvido, aquel que llama a los débiles ¿Por qué a mi no?
El chocar del vidrio contra el suelo me volvió a la realidad. Giré mi rostro para observar el causante del desastre y no hice más que mirarlo fijo. Recordé, mientras él se acercaba, lo que mi madre había dicho una vez: "El hombre está siempre a un paso de la monstruosidad y casi nadie deja de dar ese paso".
- Paola- el aliento casi quemó mis retinas- No deberías estar aquí- se apoyó sobre la barra y fijó su mirada en mis ojos. ¿Qué podía contestar? Hay palabras que atajan a la muerte pero cuando las encontramos no hay manera de preservarlas de ella. No importaba que dijera, el final terminaría siendo el mismo. Le sonreí, ocultando mi tristeza, despidiéndome de lo que alguna vez fui.
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